COLUMNA INVITADA

La Viña del Señor

El 6 de marzo de 1994, a escasos días de su fallecimiento en Lomas Taurinas, Luis Donaldo Colosio Murrieta, pronunció en el monumento de la Revolución el mejor discurso de toda su carrera política ante lo más granado de la clase política priísta, que al paso del tiempo olvidaría sus palabras o se haría la disimulada ante su contundente mensaje.

Tal vez entre los presentes en ese acto de contrición priísta estuvo o estuvieron, aquellos miembros de la numenklatura a que aludió el expresidente Carlos Salinas, como responsables de su muerte.

El discurso del poder

El texto, revisado hasta donde se sabe por el historiador Enrique Krauze, el dueño de la patente liberal en México y discípulo del poeta Octavio Paz, a quien Mario Benedetti, identificó como jefe de la mafia cultural mexicana, fue señero en la discursiva política.

Impecable dicha pieza desde la preceptiva, logró convertir, como se recomienda en el “Manual del Discurso Político” de Yolanda Meyenberg y José Antonio Lugo, el día en que se pronuncia un discurso en un día especial.

El ascenso al poder

Experto en macroeconomía y lector acucioso de Sun Tzu, autor de “El arte de la guerra”, un libro sobre estrategia militar sobre cómo ganar las guerras sin luchar, Colosio, tuvo la habilidad para incrustarse en el grupo compacto salinista y ganarse el afecto del hijo predilecto de Agua Leguas.

Lo anterior lo llevó a la postre a convertirse en jefe del aparato político priísta, por encima del diseñador de la estrategia de toma del poder por el grupo tecnócrata aglutinado alrededor de Miguel de la Madrid y el combate a los demás feudos políticos que les estorbaran: Manuel Camacho Solís.

Alianza Colosio-Cárdenas-Camacho

A horas de su ejecución, Luis Donaldo había pactado con Manuel Camacho Solís, una alianza política, que cristalizó en el anunció de este de no buscar la candidatura presidencial priísta.

Con la izquierda que representaba el hijo del Tata Lázaro, líder moral del PRD y de la Corriente Democrática que abandonó las filas del PRI en 1987, convino la transición hacia la democracia, que Vicente Fox, frustró en todas sus letras.

Tras esos acuerdos, Colosio, volvió a la calma después de meses de incertidumbre desde su destape en noviembre de 1993, se encontraba en vía libre encarrilado rumbo a la presidencia.

Su homicidio, calificado en la prensa como magnicidio, acontecido cuando se escuchaba en el sonido “Huye, José, huye, ven, pacá, cuidao con la culebra”, marcó ese sangriento año de 1994 y provocó que la incertidumbre se apoderara del país, cuenta Laura Sánchez Ley, en su libro “Aburto. Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo” y en donde anota lo escrito por Mario Aburto, en una carta: “…déjenme decirles que me tengo que bañar, porque el olor a chivo expiatorio es muy fuerte…”

Colosio vs. Meade

El Luis Donaldo Colosio de 1994, era todo lo contrario a lo que representa el candidato externo-no militante del PRI, el itamista Pepe Toño Meade.

Por ideario y por proyecto, Colosio, un tipo por demás carismático, al que gustaba recitar poesía en las tertulias junto a sus amigos, está muy por encima del candidato de Peña Nieto, su verdadero jefe de campaña y seguro sepulturero del PRI.

Aunque forjado y conducido en los laberintos de la burocracia administrativa y política por su mentor Carlos Salinas, hasta su destape como candidato presidencial, tuvo en el berrinche de Manuel Camacho, su único tropiezo al interior del partido en el poder, una nada comparable con la ruptura que Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador, Ifigenia Martínez y demás, encabezaron en 1987.

La de Meade, aunque su candidatura fue una imposición con todo el poder presidencial detrás que incluyó la adecuación de los estatutos priístas para permitir la participación de un simpatizante como candidato, no ha evitado la sorda inconformidad interna, cuya falta de conexión entre el candidato y la militancia y el fracaso de los tecnócratas en la fase de precampaña que lo tiene en un lejano tercer lugar respecto al puntero, orilló a reforzar el equipo de campaña con viejos dinos a punto de la extinción como Manlio Fabio Beltrones y Beatriz Paredes, mientras el desgaste por arrancar en segundo lugar y desbarrancar al “Cerillo” Anaya, de esa posición, causa mella.

“Nada asusta tanto a nuestros adversarios como ver crecer este sentimiento de fuerza, esta autoseguridad”, escribió Karl Kautsky en su libro “El camino al poder”.

Y si, el presidente Peña y su grupo tecnocrático que le hace casita, están apanicados.

El retorno del Colosismo

Hoy, desde su tumba el magdalense cabalga de nuevo. Su hijo, heredero de la carga histórica del apellido, reniega del PRI y busca una curul por Movimiento Ciudadano en Nuevo León.

Su gente, los colosistas de antes, creyentes en su fe de que era posible la construcción de un PRI diferente, que no quiso enderezar el camino, juegan a la política al lado del Peje, para unos un priísta puro o un liberal de corte social y democrático como se autodefinió el tabasqueño.

De los colosistas más reconocidos se encuentra uno de los personajes más cercanos al jefe de Morena, su exsecretario particular Alfonso Durazo Montaño, quien habrá de manejar la seguridad pública en el país de triunfar AMLO.

Los colosistas sonorenses, que se han sumado al Proyecto de Nación pejelagartista, que son algunos del norte del sonorense, nada tienen que ver con los prianistas de Cajeme, que tienen en el Toño Astiazarán y en Abel Murrieta, sus cartas políticas más fuertes y buscan una alianza con el frente anayista PAN-PRD-MC, ni con el beltronismo-pavlochiano, en retirada del escenario político y con el acta de defunción en su mano.

Un triunfo en las urnas de López Obrador, el próximo 1º. de julio, será en los hechos la victoria de Luis Donaldo Colosio y los suyos y una derrota del boursismo plegado a la derecha y el acabose de Manlio, tocado por las triangulaciones financieras al PRI cuando fue su dirigente nacional desde algunos gobiernos estatales.

Lección de historia

La de 1994, de Colosio, junto con la de Alvaro Obregón en 1928, ya presidente electo y ejecutado por José de León Toral en el restaurante La Bombilla, han sido las dos sucesiones presidenciales desde el poder, frustradas por la muerte del candidato.

El criminólogo Juan Pablo de Tavira, en su libro “El crimen político en México”, rescató lo pronunciado por el Caudillo en su manifiesto del 25 de julio de 1927, tres meses antes de la matanza de Huitzilac: “El candidato que tenga fuerza política bastante para obtener la victoria por medio del sufragio, no va a ser tan torpe ni tan criminal para trastornar el orden y ensangrentar el país, para llegar al puesto que por medios legales y honestos puede tener a su alcance”.

Obregón, en las dos veces que buscó postularse, no dejó sentido a nadie. La primera vez se levantó en armas y eliminó Venustiano Carranza y la segunda mandando matar a sus rivales los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano.

En el año que corre las tentaciones pueden enloquecer al más pintado, pues como dijo Mario Ruiz Massieu, respecto del fatal año de 1994, que cobró la muerte de Luis Donaldo Colosio y de su hermano José Francisco Ruiz Massieu, los demonios se pueden soltar en algún momento.