COLUMNA INVITADA

Juan E. Pardinas/Reforma

Cada pueblo tiene el gobierno que se merece. La frase de Joseph de Maistre es una mentira injusta, si uno mira la historia de México en los últimos días. Los marinos que sacaban escombros del Tec, con sangre en los nudillos porque no tenían guantes de carnaza, se merecen un mejor gobierno. Los taqueros que pusieron un trompo de pastor en la banqueta para alimentar a los rescatistas, deben tener mejores representantes populares.

La doctora que trabajó dos turnos continuos en la sala de emergencias; el empresario ferretero que donó todo su inventario de picos y palas; el anciano al que no le pesaron sus siete décadas a la hora de cargar cajas en la Cruz Roja, el joven albañil que podría quedar parapléjico por arriesgar su vida para entrar a un edificio recién desplomado, ninguno de ellos se merece la frivolidad de nuestra clase política.

Dice el Talmud que quien salva una vida salva al mundo entero. Al rescatar a una persona también se salva la mirada sobre mil atardeceres. Al salvar una boca se salvan besos y palabras amorosas. Se salvan abrazos, se salvan afectos y proyectos. Al salvar a uno solo, también se salvó la percepción y esperanza sobre todos nuestros seres desconocidos. Vivo en una ciudad donde hay muchos jóvenes dispuestos a arriesgar su vida por salvar la tuya o la mía.

Veo estos registros de heroísmo y luego recuerdo a tres integrantes privilegiados del gabinete presidencial: Luis Enrique Miranda, Rosario Robles y Gerardo Ruiz Esparza. Por separado, cada uno de ellos es un ejemplo impecable de la decadencia multidimensional de nuestros liderazgos políticos. En equipo, ellos son el parámetro de referencia para escribir la historia de este sexenio.

¿Quién quiere recolectar despensas para que las entregue Rosario Robles, una de las protagonistas de la Estafa Maestra? ¿Quién quiere pagar impuestos para que los "invierta" Ruiz Esparza en la inauguración de un nuevo socavón? ¿Qué sentirán los soldados que arriesgan la vida contra la mafia del huachicol, al saber que parientes directos del secretario Luis Miranda son dueños de una gasolinera que se beneficia de esta industria criminal?

Los puños en alto, las cadenas humanas, los perros rescatistas no sólo salvaron el universo de docenas de vidas, también sacaron el alma de México que se nos había quedado enterrada en un profundo socavón. Con su valentía también rescataron los anhelos colectivos que se habían robado la violencia y la corrupción. ¿Qué sería del futuro de México si esa misma energía social la usáramos para combatir el machismo, la pobreza y otras vergüenzas que nos aquejan y nos definen?

Mientras los rescatistas del terremoto se ensucian los puños de yeso, polvo y sangre, el trío de Miranda, Robles y Ruiz Esparza se lavan las manos ante sus faltas y probables crímenes. Ni el desvío de fondos a través de universidades públicas, ni la adjudicación ilegal de contratos de obras de infraestructura, ni el cuñado huachicolero son asuntos sobre los que reconozcan algún tipo de responsabilidad.

En medio de la tragedia y la presión social, los partidos políticos ofrecen donar parte de su presupuesto para la reconstrucción. Como afirma Carlos Bravo Regidor, en un tweet, no se puede donar lo que no es tuyo. Más que una ocasión para el oportunismo filantrópico, esta tragedia abre una ventana para rediseñar y reducir el financiamiento público para partidos políticos. El llamado fondo de Moches que ejercen los gobiernos municipales, de la mano de contratistas y diputados, recibió 9 mil millones de pesos en 2017. En ese dinero hay otra oportunidad de financiar la reconstrucción de miles de viviendas y de demoler los muros de desconfianza que separan nuestra casa común.

 
@jepardinas