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Fernando Villa Escárciga

Tras el primer sorbo de café empezamos a planear el día. La del viernes pintaba para ser jornada de muchas vueltas y ocupaciones.

En Allende pesaba más el silencio que las palabras. No sentíamos tu ausencia. Estabas ahí, en nuestras mentes y sus anhelos.

--¿Cómo sigue Juan Pedro?, fue la primera pregunta que Rubén Salas y yo le hicimos al Alejandro.

Porque bien sabes que Alejandro Rivera es de los amigos que no te fallan, que siempre ha estado y estará cercano a tu familia.

Nos dijo, como a diario nos decía, que en un rato más los doctores darían razón sobre tu estado pero que dentro de lo grave seguías estable.

--Tenemos que salir adelante, pronto regresará Juan Pedro y le gustará encontrar todo en orden --, comenté.

--Por supuesto que va a regresar, y en esta semana --, respondió con firmeza Rubén.

Como todos los días Alejandro se fue para tu casa a ver para ver qué se le ofrecía a tu gente. Ya sabes, es incansable el cabrón.

Cerca de las once nos cayó la noticia, fue una puta bomba que nos hizo pedazos.

La mirada de Rubén se anticipó a la terrible frase. Sus palabras sonaron rasposas, duras y pesadas como pedrada en la frente.

--¡Chingadamadre! --, retumbó un grito que no parecía mío.

Volteé hacia tu escritorio con la estúpida ansiedad de verte sonriendo para reclamar su mentira al pinchi Rubén.

Sobrevino un silencio brutal. Silencio y dolor. Las palabras se ahogaron en un torrente que no quiso brotar, que prefirió quemar por dentro.

Me senté en la sala, cabizbajo y aturdido, buscando argumentos para explicar tanto dolor.

¿Y sabes?

De pronto me iluminó la grandeza de tu presencia, de tu recio carácter aderezado con tu sonrisa de morro travieso.

Entonces me abrazó el alma la magnitud de tu nobleza, de tu gigantesca capacidad de querer a un chingo de amigos y quererlos bien,

El Alejandro, Rubén, Leo ApodacaAndrés MontoyaManuel Fernando López, el Lolo y muchos más saben de qué hablo.

Y lo sabe Ramón Valenzuela, tu hermano quizá no de sangre pero a quien prodigabas un cariño que sin pasaporte traspasaba la frontera del norte.

Y qué decir de Ramón Hernández –“Ramoncito el malo”, decíamos en broma para diferenciarlos --, sobre quien compartíamos la admiración por su capacidad en temas de administración pública.

De pronto, te digo Juan Pedro, se me agolparon los recuerdos de tantas vivencias que a diario compartimos durante los tres años recientes.

Nunca, creo que nunca en mi vida he visto a un hombre guardar tanto amor fraterno, admiración y respeto como el que profesaste a Ernesto Gándara.

Estoy seguro que estarás presente en su alma, corazón y memoria para el resto de su vida.

Bien sabe el grandote que mucho de lo que ha sido, es y será, fue gracias a tu apoyo a todas horas y todos los días desde que estaban chamacos.

Nadie, jamás nadie le cuido las espaldas como tú; nadie le fue ni le ha sido tan leal, tan eficiente y necesario.

Eso me consta en los veinticinco años de conocerlos a los dos.

Bien lo dijo Gándara en su pésame público: eras su hermano. Seguro todavía le sangra el corazón por tu ausencia que no es ausencia.

La vida es cabrona, pero tiene capítulos de penas y maravillas que nos marcan para siempre.

Algunas veces, saliendo a medianoche de Allende tras una larguísima jornada enfilabas el carro en silencio hacia Villa de Seris.

Empezabas a quebrarte en recuerdos hasta que pasábamos frente a la desolada casa del Yépiz, aquel amigo y colaborador tuyo que muchos conocimos.

Me narrabas tus pesares por aquel compita, mientras yo evocaba su macilenta figura coronada por una sonrisa triste.

--¿Conoces al Froylán Campos? ¿Qué opinas de él como periodista? –llegaste a preguntarme alguna vez.

--Froylán es el mejor cronista sonorense que he leído, sobre todo por aquellas magistrales reseñas sobre las sesiones del Congreso --, te dije.

A ese compa le tenías harto aprecio, lo mismo que al Chapo Soto, al Oscar Castro, al José Luis Parra, a Cynthia García

Ah, qué difícil es para muchos políticos tratar a la gente de los medios.

Y es que la mayoría son simuladores, maestros de la engañifa y del discurso farisaico. Son cosas que no tolera la raza de la pluma y el micrófono.

No sé, dudo que exista alguien en Sonora con aquella capacidad tuya para hablar tantos lenguajes, pero todos con la franqueza por delante.

Quizá algún incauto piense que exagero, que sobredimensiono tus virtudes y debería bajarle tres rayitas. Me vale, yo sé lo que digo.

Me tocó atestiguar el valor de tu palabra cuando hablabas con periodistas de toda ralea, grandes y chicos, de izquierda y derecha. Selva de fauna feroz.

Estoy seguro que la mayoría te respetaba y tenía en alta estima. Eras un personaje único: brillante en el trato, caballero en el acuerdo.

No, no creas que me olvido de César de la Cruz y Ave María Muñoz. Ellos siempre
especiales en tu vida, en tus necesidades y querencias.

Por ellos la mirada y la voz se te volvían casi paternales. Eran de toda tu confianza, de todo tu cariño. Por ellos metías la mano a la lumbre.

Es tanta y tanta la gente que me acude a la mente que podría pasar días y noches revolviendo vivencias, pláticas y recuerdos.

Me voy a remitir, por ahora, a algunos amigos de tus respetos y gratitud: Omar LohrBeto Vázquez y el famoso Chile Verde, a quien pido disculpas por no recordar su nombre.

¿Y sabes? Nuestros amigos ganaderos preguntaron a diario por tu salud durante estas tres semanas.

Cada uno de estos veintiún días les informé de tu situación, rogando que elevaran sus plegarias por tu pronta recuperación.

Nuestro amigo José Antonio Abascal, una chingonería de persona, me hablaba casi a diario por teléfono y platicábamos de ti.

El miércoles saludé a Pepe Toño, a Guillermo y Rubén Molina, a Fernando Platt y Héctor Montaño. Me preguntaron cómo estabas. Les respondí rebosante de esperanza.

Por la tarde del funesto viernes Guillermo Molina nos transmitió el pésame de don Héctor Platt. Estaba consternado por la noticia, nos dijo.

Los ganaderos son un gremio especial, bien lo sabemos.

Es gente recia, franca y fraternal en el trato cuando sienten que una persona es buena, cuando saben que es de nobleza y de valer.

Por eso te los ganaste, Juan Pedro, por eso te respetaban, te tomaron alta estima y supieron reconocerte como uno de los suyos.

Sí, sí, ya sé. Eras un ser humano y tenías defectos, pero de eso que hablen tus malquerientes si es que los tenías. Neta que no conocí a ninguno.

Tampoco conocí a tus hermanos Eva María y Fernando, de quienes también me platicabas, sobre todo de éste último cuando presumías sus pinturas.

“Es un pinchi loco, como todos los genios. Mi hermano es un chingón”, recordabas con admiración al ausente que seguido andaba por sepa qué rumbos de la galia.

¿Y sabes, Juan Pedro?

Dejé para lo último lo más importante. A lo último porque con esto quiero cerrar.

Quien de muy cerca pudo conocerte sabe que es la verdad más grande que siempre se supo de ti:

Fuiste un esposo ejemplar con una esposa maravillosa: Ana Dolores, que supo ganarse el cariño y respeto de todos tus amigos.

Mucho de lo que fuiste --de lo que eres porque tu presencia sigue entre nosotros --es gracias a
ella, el pilar que dio firmeza a tu existir.

Fuiste un padre que se esforzaba por ser el mejor y amabas a tus hijos con el amor más inmenso que se puede concebir.

Cientos de veces hablamos sobre los tuyos y los míos, de nuestros anhelos y preocupaciones.

Fernanda siempre fue tu corazón, tu alegría y la extensión más profunda de tu ternura.

El Juan era tu orgullo por su inteligencia e ingenio. Me platicabas del ajedrez, de su capacidad de trabajo.

José Luis despertaba tu admiración por su esfuerzo de salir adelante, por su pasión por la música. Eras un plebe compartiendo sus videos.

Estáte tranquilo, que tu familia estará bien y bastante arropada por los abrazos de tu ejército de amigos.

Tú no te preocupes, hoy te lloran pero mañana saldrán adelante. Son fuertes y capaces; como buenas personas transitarán por buenos caminos.

Los preparaste para la vida y puedes estar orgulloso. Tu familia es maravillosa, semejante a la grandeza de tu corazón.

Por el Tommy y el Max menos te mortifiques. Han de seguir aullando por tu partida, pero el cariño de tu gente habrá de consolarles.

De mi parte, sólo quiero ofrecer reverencias al destino por el privilegio de ser tu amigo.

Para ti van mi completa gratitud y cariño eterno. En mi corazón sigues vivo, Juan Pedro.

Hasta pronto, hermano. Dios te guarde.

 

 

 

Sonora'21