CULTURAL

Federico Cendejas Corzo/etcétera

Me encontraba atado de pies y manos en la cubierta de un barco pesquero. Tenía una mordaza en la boca y el hambre y la sed más terribles que había sentido en toda mi vida. La vista era de un único color, azul de cielo, azul de mar.

 –¡Perro malnacido! – me gritó uno de los tripulantes y me dio una bofetada tan fuerte que sentí que mi cerebro vibró como un ventilador descompuesto dentro de mi cabeza.

No recordaba en qué momento había llegado hasta ahí o la razón por la que unos pescadores me llevaban secuestrado a bordo de un barco.

El sol inclemente hervía mi piel sin piedad alguna y el constante vapuleo de las olas que meneaban la nave me provocaba las náuseas más desagradables. Mi lengua y mi alma sentían un sabor a sal insoportable. Había sangre en mis bermudas azules y mi playera que alguna vez fue blanca tenía manchas grises, amarillas y rojizas.

Mientras hacía el esfuerzo por recordar, por aclarar mi mente y entender la situación extraña en la que me encontraba, escuché al que parecía ser el capitán dando instrucciones.

–Todos a sus puestos, tomaremos ruta de regreso al puerto.

–¿Qué vamos a hacer con el ladrón?– preguntó una voz.

–Al rato decidimos, por ahora ve a tu puesto, estate alerta.

¿Sería yo aquel ladrón del que hablaban? No lo sabía, no tenía idea de quien era ni qué hacía amarrado como un perro. De lo que estaba seguro era de que yo no había robado nada, ¿o sí? Todo en mi mente estaba fuera de su lugar.

Forcé mi memoria a trabajar más, pero los pensamientos dentro de mi cabeza estaban más blancos que las nubes estáticas en el cielo de zafiro.

Escuché la conversación de otros dos marineros.

–Creo que el capitán terminará echándolo por la borda.

–Sin duda, ese tipo apesta a muerto.

Abrí los ojos del tamaño de dos platos, me empezó a entrar una desesperación sin igual, intenté moverme pero la debilidad me impedía hacer esfuerzo alguno.

Mi impotencia fue tal que comencé a dejar escapar todas las lágrimas que mis ojos llevaban a cuestas. Una cascada dolorosa y caliente bañaba mi rostro y empapaba mi barba y mis esperanzas de vivir. Lágrimas tan saladas como el mar.

El dolor del cuerpo y del alma era intenso, tanto como el azul de alrededor.

Una ráfaga de fuerte y fresco viento sopló misericordiosa y mis ideas clareaban un poco, iba agudizando lentamente mi vista y voltee la cabeza para mirar fuera del barco, nos acercábamos a la costa, observé la playa y a pesar de la distancia me pareció familiar.

En el trayecto hacia tierra firme comencé a distinguir altos edificios y personas en la playa. Parecía un lugar lleno de vida.

Antes de entrar en la imponente bahía que se erigía frente a mis ojos, el capitán dio una orden.

–Tiren al cabrón por la borda.

Intenté gritar pero la mordaza me lo impedía, reuní todas mis energías para resistirme a morir pero era inútil. Cuatro fuertes hombres de piel curtida por el sol y el trabajo, con cabellos de estropajo por la sal me tomaron como a un muñeco de trapo. Mi instinto entero quedaba anulado ante semejante acometida.

Comenzaron a balancearme entre carcajadas, me estrellaban contra el piso y las paredes, me maltrataban como a un criminal que merece el peor de los castigos. Mi piel rostizada empezaba a amoratarse por todos lados. Las cortadas escupían tinta escarlata. Sangre, lágrimas y sudor se mezclaban en una pócima que cubría mi cuerpo.

Me había convertido en un objeto sin valor, alguien con la dignidad pisoteada, era un cadáver que apenas lograba respirar.

Cuando se cansaron de lastimarme más de lo que estaba, me lanzaron sin ninguna piedad por la borda. El vuelo efímero antes de caer en el mar fue para mí una experiencia casi onírica. Volaba como una gaviota, el aire reconfortaba mi alma y mi piel ardida recibía un ligero descanso. Caí al agua, el contacto de mi cuerpo caliente con las aguas frías del océano fue un choque eléctrico, entre agradable y espeluznante.

Intenté mantenerme a flote, pataleaba y luchaba pero las olas se llevaron mis ganas de vivir rápidamente, las amarras de pies y manos se burlaban de mi inutilidad. Me di cuenta de que no me salvaría, mi cuerpo empezó a relajarse y me hundí en el agua, no más lucha, todo estaba perdido.

Fue entonces que recordé todo, mi vida aparecía en mi cabeza como una película en blanco y negro. Vi todas las cosas que me habían pasado, todo, miré a mis padres y mis hermanos, mi infancia, mi juventud, mi nombre escrito en un diploma, a mi mujer, a mis hijos, todo, todo cuanto había construido, todo lo que había definido a mi persona.

Pareciera que en esos instantes cercanos a la muerte el tiempo se detiene, un momento para arrepentirse o torturarse por los errores de antaño; segundos para explicarse muchas cosas, para perdonarse a sí mismo los tropiezos del pasado.

Supe entonces que yo era inocente. Sentí la necesidad de dejar registro de que yo no había hecho nada, de que no me merecía ese fatal destino, de que todo había sido un malentendido, quería fotografiar la injusticia para que en el tiempo no volviera a repetirse.

Tengo que dejar tranquila mi conciencia, escribir las letras de mis pasos por el mundo para entender su final.

Mi vida antes del barco se contaba más o menos en catorce mil días, a mis cuarenta años todos esos momentos se habían disipado como la espuma del mar al anochecer.

Estaba casado, tenía dos hijos y una vida monótona. Poco compartí el tiempo con mis seres queridos y la oficina absorbió cada instante de mi ser.

Al ver que mis hijos crecían y pronto abandonarían mi hogar, tomé la decisión de emprender unas vacaciones a la playa, un descanso en el puerto que todo mexicano debe visitar por lo menos una vez en la vida. Una obligación casi sagrada impresa en la mente de todos quienes nacimos en el país del tequila, iríamos a Acapulco.

Un trayecto relativamente corto en nuestro auto compacto y la reservación en un hotel de cuatro estrellas con vista al mar nos auguraban pacíficos días de esparcimiento.

La tranquilidad que me inspira el mar es tan grande, que desde que lo vi por primera vez en mi infancia no pude desprenderme de la sensación que provoca la naturaleza, de sentirse cerca de Dios y pequeño ante el mundo frente al coloso de aguas saladas.

La bahía es un hervidero de vida, las lanchas, los barcos, los veleros y los paracaídas, los coloridos vendedores de collares y comida, los lancheros y pescadores, el puerto, los yates y la alegría de descansar fuera de las grandes ciudades son la pimienta de este lugar contrastante.

Los deteriorados barrios de las zonas pobres, la marginación, pobreza y prostitución se contraponen a la belleza impresionante de las casas y hoteles de la zona de Acapulco Diamante.

Volver a Acapulco después de muchos años fue un privilegio. Aquel puerto en donde conocí el mar en un pasado insondable era el mismo y a la vez otro, más grande, mejor que antes pero con la esencia de antaño.

Tres noches y cuatro días decía el registro en el hotel. Muchas horas de compartir, horas para recuperar.

Un crudo golpe con la realidad de mi familia enfrentó a la felicidad que me inspira la costa, mis hijos eran unos extraños, mi mujer ya no era la joven entusiasta que conocí en la universidad. Ahora los niños que jugaban desenfadados en el patio de la casa eran dos hombrezotes más altos y fuertes que yo, con la mirada sombría y el alma llena del rencor que imprime el abandono. Mi bella esposa estaba salpicada de canas y arrugas y la sonrisa resplandeciente del ayer había desaparecido, su seriedad de sepulcro se veía a veces interrumpida por breves muecas parecidas a una sonrisa forzada.

Dejé pasar mucho tiempo antes de reencontrarme con ellos. Ya era demasiado tarde para volver a empezar. Los años se me fueron sin darme cuenta y lo único que sabía de esas tres personas con las que compartía el techo eran sus nombres, difusos en medio de una bruma mental sin recuerdos.

 

Las vacaciones cobraban entonces un sentido más allá del simple descanso, un tiempo para conocernos, para reconocernos.

La noche del segundo día propuse que fuéramos a cenar a algún restaurante. Mi esposa dijo que estaba muy cansada, haber estado en el mar todo el día la tenía fundida. Mis jóvenes hijos dijeron que no tenían ganas, que preferían pedir algo en el cuarto y yo, un poco decepcionado, resigné mis ímpetus.

Les anuncié que deseaba salir a caminar por las calles y disfrutar de la noche en la costa, pregunté después si alguien deseaba acompañarme.

–Ve tú solo papá, ya te habíamos dicho que estamos cansados.

–Sí mi amor, además ya pedimos la cena.

Tras el rechazo comencé mi caminata en medio de la soledad.

Salí del hotel y caminé por la Costera Miguel Alemán, las luces de la ciudad me envolvían, le daban a mi espíritu el aliento. El fresco viento con brisa marina refrescaba la temperatura siempre ardiente. El sonido del galope de los caballos que jalan calandrias me producía mucha paz, esa sonoridad musical que parece salida de un cuento de hadas es arte.

Caminé por mucho tiempo, la vida de Acapulco nunca se extingue, ni siquiera ahora, época de violencia sin par.

De pronto un deseo exploratorio llenó mi corazón, tuve sed de aventura y llegué hasta el embarcadero más cercano.

Miré los barcos pesqueros, las llantas y los impresionantes buques mercantiles que parecían edificios construidos en medio del agua.

Había un fuerte olor a pescado, a orines y a mar, el persistente sabor de la sal en la boca y la piel siempre húmeda me daban la impresión de que algún peligro me esperaba.

Miré una bodega de paredes de lámina a unos metros de distancia, parecía que era el lugar donde se almacena la pesca. A la entrada había un anciano con barba de Neptuno y ojos melancólicos, con el mar en las pupilas, fumaba absorto, parecía ignorar todo. El viejo en su mecedora, sacando el humo del cigarro por la nariz, hipnotizado por las olas y el cielo, ni siquiera me dirigió una mirada.

Entré temeroso a la bodega, esperaba que aquel señor que parecía sacado de una novela de Hemingway dijera algo, sin embargo no movió ni la ceja, se mantuvo cual maniquí, solamente se mecía y sacaba el humo, una fotografía con movimiento.

Mi decisión de descubrir el interior de la bodega era contundente y así lo hice, caminé al interior con la adrenalina al máximo, sentía que mi corazón explotaría de la emoción. Quería saber por saber, adentrarme en los misterios que ese lugar tenía para mí.

En el interior había cajas, refrigeradores y redes, nada por lo que me pudiera sentir emocionado.

Abrí una caja, adentro había anzuelos, plástico. Mi deseo de encontrar material de contrabando, joyas de tesoros piratas o en el último de los casos, drogas, la mercancía clandestina de moda, se fue esfumando poco a poco.

Salí con una nueva decepción. Nada de emocionantes mercancías. Afuera apenas clareaba el cielo. El amanecer en el mar es otro hermoso cuadro impresionista. Ahora que estoy a punto de morir me alegra haber podido contemplar la impactante belleza que brinda la bóveda celeste pintada de ocres.